Culebrilla o serpiente en el estomago



Según uno de los viejos anales vikingos, el Libro Flato, el rey Harald HárdrAde de Noruega visitó en una ocasión al noble caballero Hall-dor, cuya hija llevaba cierto tiempo muy enferma. Los síntomas prin-cipales eran fiebre, un abultamiento cada vez mayor del vientre y una sed insaciable. Lis ancianas murmuraban sobre una posible preñez de la joven pero ella negaba esta posibilidad con gran vehe-mencia. Dado que su estado iba de mal en peor, también el rey fue consultado. El diagnóstico del monarca fue que la joven había tra-gado accidentalmente el huevo de una serpiente al beber agua y que el reptil creció en su estómago y estaba a punto de matarla. Para li-brarse de esta serpiente en sus entrañas debía, primero, pasar sed durante varios días sin probar agua; luego, tenían que llevarla junto a una cascada y allí la joven debería abrir bien la boca para que la serpiente pudiera oír el ruido del agua. Cuando la serpiente se des-lizara por su garganta y asomara la cabeza entre las mandíbulas bien abiertas de la joven, su padre la cortada con su espada. Una vez que el rey salió de la casa de Halldor esta cura se realizó tal y como él la había prescrito. La serpiente fue decapitada y la joven recobró la sa-lud. Otra leyenda escandinava describía los métodos brutales que usaba el rey Olaf Tryggvason cuando cristianizaba a los vikingos pa-ganos por la fuerza. En cierta ocasión sus hombres ataban tortu-rando a un tozudo islandés que se negaba a abandonar la fc de sus padres. Cuando todos los métodos fracasaron, le metieron una ser-piente por la boca. El hombre intentó salvarse soplando sobre la ca-beza de la serpiente. pero los torturadores obligaron al reptil a pa-sar por su garganta aplicándole hierros al rojo vivo en la cola. Más tarde el reptil se abrió paso por el abdomen del islandés llevando el corazón de aquel desdichado entre sus fauces. Este horrible espec-táculo, lo suficientemente espantoso para igualar a las más exagera-das películas de terror de nuestros días, tuvo un efecto poderoso en los otros islandesa, quienes afanosamente desecharon el martillo de Thor cambiándolo por la frágil cruz del Cristo Blanco.

Estas historias dramáticas de las leyendas noruegas ilustran la vie-ja creencia en que serpientes, ranas, lagartos y otros animales pue-den vivir como parásitos en el tracto gastrointestinal humano. Ya en antiguos manuscritos egipcios, asirios y babilonios, sc hace referen-cia a una 'serpiente cólica" como causa de dolorosos calambres ab-dominales. En De morbis vulgaribus Hipócrates describe el caso de un joven que había bebido gran cantidad de vino fuerte. Cuando cayó desvanecido al suelo una serpiente se metió por su garganta y causó su muerte de un ataque apoplético. En su Cm:Mutar ex veteribus me• dicinae immbiblos Aecio enumera los numerosos síntomas atribuidos a la presencia de ranas, sapos o salamandras en el estómago huma-no, síntomas que van desde fiebre, vómitos y dolor estomacal a tem-blor, rigidez y confusión. Es posible que este diagnóstico sc conside-rase con frecuencia en los casos difíciles. En su Historia Natuml Plinio menciona a las serpientes y ranas como parásitos intestinales en hombres y bestias, y el Talmud contiene varios relatos semejantes.

Sin embargo, desde muy temprano parece haberse dado cierta oposición a la creencia establecida en la serpiente estomacal. El eru-dito Alejandro de Tralles, que vivió en Lycia durante el siglo vi, fue consultado en cierta ocasión por una mujer que estaba segura de tener una serpiente en cl estómago. Él comprendió enseguida que era una histérica y que la serpiente sólo existía en su imaginación. Le pidió que describiera con exactitud cómo creía que era ese ani-mal y luego se procuró un espécimen parecido el cual colocó en su escupidera. La mujer fue completamente curada y quedó muy agradecida al médico sagaz que. suponemos, no debió abandonar la habitación de la enferma sin embolsarse una cantidad considerable.

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